UN VIAJE PARA EL RECUERDO
Los alumnos que componían el Primer Año de Técnicos de la Escuela Nacional de Artes Gráficas, el año 1948, eran doce y tenían la intención de que al cumplir su período de aprendizaje, en el año 1949, no podían perder la ocasión de realizar un viaje de estudios que dejara huellas en sus corazones. Así que empezamos a lanzar ideas de todos los tipos con el fin de recaudar dinero para costear el viaje. Unos postulaban por un malón (así se llamaba en esos tiempos a los actuales carretes o bailes de ahora), pero se evaluó negativo porque era mucho sacrificio y poco lo rentable, por experiencias de otros cursos que lo habían realizado. Rifas y otras acciones de trabajo para estos fines de recaudación, también se desecharon. Cuando en un momento de iluminación divina, a alguien se le ocurrió lo siguiente: visitar a un escritor que tuviese llegada en el público y pedirle apoyo para que donara los derechos de autor y nosotros le editaríamos un libro. Se habló con el escritor don Pedro Prado, que recientemente había sido elegido Premio Nacional de Literatura y, este señor filántropo, encontró excelente la idea y donó los derechos por unas poesías que no habían sido editadas. Así que, manos a la obra, salió a la luz el libro «Viejos poemas de Pedro Prado». Con la venia y asesoría de la Dirección de la Escuela y los alumnos del Segundo Año de Técnicos 1949, el libro fue confeccionado íntegramente en la Escuela.
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Una vez editado el libro, cada uno de los doce alumnos se dió a la tarea de venderlos a $ 5,00 (cinco pesos) cada uno. Resultado final fue que tuvo éxito el esfuerzo y de esta manera juntar el costo del pasaje para la gira de estudios, que ya de antemano nos habíamos trazado: Buenos Aires, Argentina.
La dirección de la Escuela, previamente se había contactado con el Ministerio de Educación de Chile y se concretó con el recibimiento del grupo como «visitas importantes» por parte del Ministerio de Educación argentino.
Llegó el fin de año 1949, tan esperado por todos los alumnos, y como todos aprobaron los respectivos exámenes de curso, no hubo mayores problemas. Así que a Buenos Aires los boletos. Lo que fue una ilusión, ahora era una realidad.
El día fijado para la partida llegó con el nerviosismo propio de los jóvenes integrantes, que tal vez, más de alguno, nunca había visitado lugar alguno de Argentina. La comitiva la componían 12 alumnos, 2 profesores con sus respectivas señoras, y 9 personas invitadas. Nos juntamos a las 7.30 horas en la estación Mapocho, lugar de partida del tren que hacía combinación en Los Andes con el tren Transandino y éste, que llegaba a Mendoza solamente, hacía lo propio con el otro tren, llamado general Bartolomé Mitre, que nos llevaría a Buenos Aires. Resultado total de horas viajando, más o menos, 37 horas. Habían concurrido a la despedida padres, familiares y apoderados, quienes nos desearon un muy buen viaje y mucha suerte.
Larga fue nuestra estancia en la trayectoria en tren, pero no por eso menos entretenida. El recorrido entre Santiago y Los Andes no hubo novedades nuevas, partimos a las 8.00 horas y llegamos a destino a las 12.00 horas. Pasamos a la Aduana a revisión de equipaje y salimos con destino a Mendoza a las 13.30 horas. Aquí sí que empezamos a tener entretenciones nuevas. Para empezar, el almuerzo. Este se componía de un «bife» de un buen tamaño y jugoso, acompañado de arroz. El garzón que nos atendía nos dijo que ahora íbamos a comer buena carne. Y tuvo razón.
En el tramo chileno, debido a ir subiendo el tren, su andar no era muy rápido, pero con todo íbamos dejando atrás los poblados de Río Colorado, Salto del Soldado, Río Blanco, Guardia Vieja, Juncal, Portillo. Aquí el tren hace una parada muy prolongada que da margen a bajarse, visitar la Laguna del Inca y tomar fotografías del paraje, que es de una hermosura muy particular. Pasando esta estación se nos avecina el Túnel del Cristo Redentor, donde está el límite oficial de Chile con Argentina, que para marcar el punto exacto tiene pintado en el muro del túnel el escudo chileno. Pasar este lugar y cantar la Canción Nacional fue toda una cosa espontánea que terminó con un «Viva Chile, mierda».
En el tramo argentino la velocidad del tren era más rápido y los poblados de Las Cuevas, Puente del Inca, Los Penitentes, Punta de Vacas, Polvareda fueron pasados sin detenernos. En el sector entre Los Penitentes y Punta de Vacas, denominado Alpatacal, algunos años atrás, se produjo un accidente ferroviario que dejó como saldo varias decenas de muertos y una gran cantidad de heridos. Viajaban en ese tren una dotación de cadetes de la Escuela Militar de Chile que iban a participar en un desfile en Buenos Aires, con motivo de unas festividades nacionales. Cuenta la historia de este hecho, acaecido el 7 de julio del año 1927, donde murieron 12 cadetes y 31 heridos, varios de ellos graves, que a pesar de lo ocurrido, el resto que quedó de los cadetes chilenos desfiló hidalgamente con sus vestimentas rotas y polvorientas, y que el público argentino lloraba al verlos pasar y a la vez los aplaudía con mucho fervor. En recuerdo de este suceso existe un monolito en Alpatacal, que es observable al paso del tren.
Llegamos a Mendoza alrededor de las 0.30 horas. Pasamos a la segunda Aduana del viaje y volver a revisar los pasajes y las maletas. Como a las 02.00 de la mañana nos embarcamos en el tren que nos llevaría a Buenos Aires. Aquí tratamos de dormitar lo que se podía. El vaivén de los carros no se compadecía de los deseos de descansar que llevábamos, después de tantas horas de viaje.
Atravesando ya el sector cordillerano el paisaje es como comer repollo: se repite; uno mira a la derecha y ve una extensa sabana amarilla que se expande hasta perderse en el horizonte; eran las sementeras, el oro amarillo de Argentina, que alguna vez llegó a ser el granero del mundo. Y si mirábamos al lado izquierdo era igual cosa que el lado derecho. El tren avanzaba y avanzaba y seguíamos viendo trigo.
Pero también los granjeros sufrieron catástrofes económicas debido a las famosas langostas. Cada cierto tiempo del año se producía que una nube inmensa de estos insectos invadía el territorio de trigo y lo devastaba. Y no sólo los granjeros padecían, sino que también el ferrocarril, ya que estos insectos se posaban en los rieles del tren y le impedían la pasada, pues al ser aplastados por el tren se producía una sustancia aceitosa, que provocaba el descarrilamiento del convoy. Había que exterminarlas o espantarlas.
No todo iba ser aburrimiento en el viaje. Al juego del dominó se le llegaron a gastar las marcas de las caras de tanto revolver y jugar. También tuvimos la suerte de que en la estación de Mercedes subió una orquesta de músicos que amablemente nos amenizaron el largo recorrido con sus melodías. Una canción que recuerdo fue un vals que sonaba mucho en el ámbito argentino, se llamaba «Pequeña».
Y bueno, por fin llegamos a Buenos Aires. Eran aproximadamente las 17.00 horas.
En la llegada del tren a la estación Retiro, nos esperaba un bus del Ministerio de Educación argentina, que fue puesto a nuestra disposición para los viajes que hiciésemos en los días que íbamos a estar en Buenos Aires. Este nos llevó al hotel que nos alojaría y que estaba ubicado en la calle Reconquista, entre Tucumán y Lavalle, a dos cuadras del centro comercial de la calle Florida. Era un hotel muy confortable en el cual nos distribuyeron de a dos personas por departamento, con baño y teléfono. Una vez ubicados en el departamento lo primero que hicimos fue darnos una buena ducha, afeitarnos y cambiarnos de ropa para salir a conocer la ciudad y tomar algún refresco y comer algo a modo de once.
Siendo Buenos Aires una ciudad con territorio tan extenso, cuesta ubicarse al extranjero que llega por primera vez. No tiene un punto de referencia visible para determinar los puntos cardinales y es fácil perderse. Aquí en Santiago nos es más fácil, nos guíamos por la cordillera. Así que al principio de nuestra primera salida anduvimos por los alrededores del hotel y sin alejarnos demasiado llegamos a la famosa calle Florida, donde se ubican las más grandes casas comerciales y el público concurre en masa. Lo que nos atrajo la atención en esta vía fue su pavimento, que era de madera. Ésta estaba trozada en forma de paralelepípedo y así era enterrada en el suelo. El tránsito vehicular no estaba permitido, sólo era para el transeúnte.
Caminando en otro sentido llegamos a la avenida Leandro N. Alem, con sus prados muy bien cuidados y su frondosa sombra regalada por sus árboles que nos protegían del fuerte calor del sol abrazador y que nos daba ánimo para seguir andando hasta llegar a la Estación Retiro, punto de llegada del ferrocarril que nos llevó a Buenos Aires.
Anduvimos por la avenida Corrientes y lo primero que nos extraño fue que al entrar a una fuente de soda hay que pasar por la caja de pago, decir lo que íbamos a consumir y con el vale de pago entregárselo al mozo para que expediese el pedido. Desconfiados los argentinos en este aspecto.
También nos dimos cuenta que en los restaurantes del centro comercial ubicados en las avenidas, que son bastante anchas, colocaban mesas en la calle para atender al cliente. En todas las mesas habían colocadas bandejas de cóctel con maní, galletas saladas y otras cosas para «picar». Pero lo más curioso fue observar que si uno pedía un licor de cualquier clase de sabor, le traían la botella con una huincha marcada en centímetros adosada a ésta. Uno se servía la cantidad que desease y cuando había que pagar, el mozo sacaba la cuenta de acuerdo a los centímetros que había consumido. Preciso y conciso el muchacho.
Al día siguiente de nuestra llegada, y como éramos una delegación con visa oficial de autoridades educacionales chilenas, lógico era que la embajada chilena tenía que darnos audiencia para recibirnos y entregarnos las instrucciones pertinentes para dejar bien puesto el grado de enseñanza educacional chileno de la cual seríamos representantes durante la estancia que duraría nuestra visita.
Muy amablemente nos recibió el señor embajador don Bernardo Leighton y, dándonos la mano a cada uno, pasó a comunicarnos las líneas de comportamiento a seguir. Recuerdo una que tenía relación con los teléfonos públicos: por ningún motivo deberíamos usar en estos aparatos una moneda chilena que tenía las mismas dimensiones que una moneda argentina, que hacía funcionar estos fonos (la moneda chilena era de bajo valor comparada con la argentina), pues la Embajada chilena era la que tenía que poner el bolsillo para devolver el valor de estas llamadas, por lo general, de larga distancia, y que le resultaban de alto costo a fin de mes por las usufructuaciones de este servicio que hacían las diversas delegaciones chilenas cuando visitaban Buenos Aires.
Al día siguiente de nuestra llegada, y como éramos una delegación con visa oficial de autoridades educacionales chilenas, lógico era que la embajada chilena tenía que darnos audiencia para recibirnos y entregarnos las instrucciones pertinentes para dejar bien puesto el grado de enseñanza educacional chileno de la cual seríamos representantes durante la estancia que duraría nuestra visita.
Muy amablemente nos recibió el señor embajador don Bernardo Leighton y, dándonos la mano a cada uno, pasó a comunicarnos las líneas de comportamiento a seguir. Recuerdo una que tenía relación con los teléfonos públicos: por ningún motivo deberíamos usar en estos aparatos una moneda chilena que tenía las mismas dimensiones que una moneda argentina, que hacía funcionar estos fonos (la moneda chilena era de bajo valor comparada con la argentina), pues la Embajada chilena era la que tenía que poner el bolsillo para devolver el valor de estas llamadas, por lo general, de larga distancia, y que le resultaban de alto costo a fin de mes por las usufructuaciones de este servicio que hacían las diversas delegaciones chilenas cuando visitaban Buenos Aires.
Después de desearnos una estada provechosa y placentera, nos despedimos del señor Embajador con el compromiso de cumplimiento de sus consejos. Con una aureola sobre la cabeza, un par de alitas en hombros y un aspecto angelical, dejamos la Embajada, dispuestos a conocer nuevos horizontes.
La primera visita que hicimos fue el ir a conocer la Escuela de Artes Gráficas de Buenos Aires. Muy similar a la nuestra en sus programas educacionales, su equipamiento de maquinaria gráfica era superior a la que nosotros teníamos, pero nada extraordinario. La sensación que nos dio fue que no teníamos que envidiar mucho a los hermanos gráficos argentinos.
En la noche nos llevaron al Luna Park, recinto multideportivo y lugar de diferentes tipos de espectáculos de variadas índoles. Su capacidad era arriba de 10 mil personas, si mal no recuerdo. En esa oportunidad lo ocupaba una compañía norteamericana de artistas de patinaje en el hielo, que estaba haciendo una gira por la costa del Atlántico. No pasó por Chile, sino a los varios años después.
Su espectáculo era extraordinario verlo. Danza, saltos acrobáticos, pantomima cómica, juegos de luces inimaginables, música extraordinaria, toda se conjugaba para ser digno de ver más de una vez. Salimos muy satisfechos del recinto que estuvo repleto de público.
Uno de nuestros objetivos de este viaje era conocer el ambiente gráfico bonarense, que por esos tiempos era uno de los más modernos en el ámbito sudamericano y que su producción abarcaba mayoritariamente el mercado chileno con revistas como Rico Tipo, Para Ti, Patoruzito, El Gráfico, y diverso género editorial de libros.
Como se comprenderá , era más que necesario visitar una empresa editorial e impresora y así fue como nos invitaron a Editorial Abril, empresa fundada en el año 1941 por el italiano Cesare Civita junto a los socios Alberto Levi y Paolo Terni. Sus talleres abarcaban una manzana bastante extensa en la ciudad de Buenos Aires.
Al empezar la visita nos dieron una charla explicativa de los diversos talleres de impresión con que constaba la empresa.
Empezaremos por el sistema tipográfico (conocido por nosotros por ser enseñado y practicado em nuestro aprendizaje en la ENAG). Nos mostraron algunas máquina ya conocidas por nosotros y otras máquinas impresoras que sólo teníamos conocimiento por información de libros o revistas del género. Allí las vimos en vivo y en directo, como linotipias de modelos más avanzados e impresoras automáticas y rotativas.
El sistema offset era la base principal de producción impresora de la editorial. Era el fuerte de la elaboración de las diversas revistas editadas que tenían un gran tiraje, a todo color, y distribuidas en diversos países de Sudamérica.
Nosotros conocíamos el sistema litográfico, que era el sistema de impresión por medio de piedra (precursor del offset), por estar incluido en nuestros planes de estudio. El offset era mencionado muy someramente en esa época por que recién se estaba expandiendo por la perfección de los insumos que se empleaban en este sistema, en particular las tintas.
El offset fue desarrollado en 1904 por dos técnicos impresores, el alemán Caspar Herman y el impresor Ira W. Rubel, cuando por casualidad olvidó marcar un pliego y la impresión pasó al cartucho que cubría el cilindro en la máquina plana en que trabajaba. El siguiente pliego que marginó apareció impreso por las dos caras, pero Rubel se dió cuenta que la impresión hecha desde el cartucho era de mejor calidad.
El resultado de la visita a esta sección fue que salimos con varias revistas gentilmente regaladas, como recuerdo de esta editorial.
En la sección huecograbado o rotograbado observamos la confección de la matriz de la impresión, que es un rodillo de acero revestido de cobre y cromo por intermedio de la electrólisis y después de ser pulido queda apto para ser grabado en profundidad, generando una serie de celdillas diminutas que son las encargadas de recibir la tinta en su posición habitual en la máquina impresora. Una regleta ubicada encima del rodillo elimina el exceso de tinta.
Uno de nuestros objetivos de este viaje era conocer el ambiente gráfico bonarense, que por esos tiempos era uno de los más modernos en el ámbito sudamericano y que su producción abarcaba mayoritariamente el mercado chileno con revistas como Rico Tipo, Para Ti, Patoruzito, El Gráfico, y diverso género editorial de libros.
Como se comprenderá , era más que necesario visitar una empresa editorial e impresora y así fue como nos invitaron a Editorial Abril, empresa fundada en el año 1941 por el italiano Cesare Civita junto a los socios Alberto Levi y Paolo Terni. Sus talleres abarcaban una manzana bastante extensa en la ciudad de Buenos Aires.
Al empezar la visita nos dieron una charla explicativa de los diversos talleres de impresión con que constaba la empresa.
Empezaremos por el sistema tipográfico (conocido por nosotros por ser enseñado y practicado em nuestro aprendizaje en la ENAG). Nos mostraron algunas máquina ya conocidas por nosotros y otras máquinas impresoras que sólo teníamos conocimiento por información de libros o revistas del género. Allí las vimos en vivo y en directo, como linotipias de modelos más avanzados e impresoras automáticas y rotativas.
El sistema offset era la base principal de producción impresora de la editorial. Era el fuerte de la elaboración de las diversas revistas editadas que tenían un gran tiraje, a todo color, y distribuidas en diversos países de Sudamérica.
Nosotros conocíamos el sistema litográfico, que era el sistema de impresión por medio de piedra (precursor del offset), por estar incluido en nuestros planes de estudio. El offset era mencionado muy someramente en esa época por que recién se estaba expandiendo por la perfección de los insumos que se empleaban en este sistema, en particular las tintas.
El offset fue desarrollado en 1904 por dos técnicos impresores, el alemán Caspar Herman y el impresor Ira W. Rubel, cuando por casualidad olvidó marcar un pliego y la impresión pasó al cartucho que cubría el cilindro en la máquina plana en que trabajaba. El siguiente pliego que marginó apareció impreso por las dos caras, pero Rubel se dió cuenta que la impresión hecha desde el cartucho era de mejor calidad.
El resultado de la visita a esta sección fue que salimos con varias revistas gentilmente regaladas, como recuerdo de esta editorial.
En la sección huecograbado o rotograbado observamos la confección de la matriz de la impresión, que es un rodillo de acero revestido de cobre y cromo por intermedio de la electrólisis y después de ser pulido queda apto para ser grabado en profundidad, generando una serie de celdillas diminutas que son las encargadas de recibir la tinta en su posición habitual en la máquina impresora. Una regleta ubicada encima del rodillo elimina el exceso de tinta.
Otra salida que hicimos fue al delta del río Tigre, lugar que se encuentra a 45 minutos de la ciudad. Su característica es que el río Tigre se divide en dos y rodea un islote que está habitado en la mayor parte por chalets de hermosas características. Se nota que sus dueños son gente de plata para tener estas mansiones. El río es navegable y muchas embarcaciones de diferentes clases surcan sus aguas, llevando pasajeros, que por módica suma de dinero, disfrutan del viaje de más de una hora.
Dentro del programa de visitas estaba contemplado el ir a la Ciudad de La Plata. Ciudad netamente universitaria, ubicada en la desembocadura del río de La Plata y a una hora de camino de la ciudad. Después de visitar diversas dependencias de la Universidad y de imponernos de su estructura educacional, nos atendieron con un almuerzo que fue bien recibido. El equipo de fútbol de Estudiantes de La Plata, que milita en la serie A de la liga profesional, es el representativo de esta ciudad.
Como este viaje de estudios se efectuó en el período de gobierno del Presidente Perón y su señora Eva de Perón, que estaban comprometidos en realizar grandes obras en el ámbito urbano, lo lógico era que nos llevaran a ver una de ellas. Fuimos a ver en el Parque Palermo una piscina de dimensiones monumentales que se estaba construyendo. Tenía una longitud de 800 metros, y nos tocó la casualidad que había muchos operarios chilenos trabajando en la obra, lo que fue aprovechado para conversar con ellos sobre su condición de vida en esta gran urbe.
El fútbol es patrimonio nacional en Buenos Aires y no es extraño ver gente de diferentes edades jugando unos partidos que causan la admiración de los observadores. En cada parque donde hay un trecho rectangular de pasto, se verán partidos de fútbol con camisetas uniformadas y un árbitro dirigiendo el encuentro. Allá está permitido jugar en los parques. Igual que aquí.
Y a propósito de fútbol, nos llevaron a un estadio de barrio de un distrito que no me acuerdo su nombre, a ver uno de los partidos de la liga profesional argentina. Llegamos como 30 minutos antes de que empezara el encuentro de la primera división. Estaban jugando las divisiones inferiores de los mismos clubes que participarían después. Se observaba poca gente en las graderías y nosotros estábamos cómodamente sentados en un recinto especial. Terminado el encuentro preliminar y retirados los jugadores de la cancha, nosotros pensamos que el partido principal iba a ser jugado en familia. Pero estábamos equivocados; en menos de 20 minutos el estadio se lleno de fanáticos del fútbol y era tal el gentío que tuvimos que ver el espectáculo de pie los 90 minutos. Sólo nos sentamos en el entretiempo.
Una familia chilena, radicada varios años en Buenos Aires, al saber la noticia que se encontraba una delegación de estudiantes chilenos en la ciudad, se puso en contacto con nosotros y nos invitaron a un recibimiento que nos haría un grupo de la colonia chilena, para demostrarnos los sentimientos de nostalgias y recuerdos que se sienten cuando se alejan de su país natal.
Este grupo chileno había formado un club de fútbol que participaba en una de las tantas ligas que se constituyen en los barrios río platense y nos invitaron a integrar el equipo que jugaría esa tarde. Tres de nuestros compañeros, los mejores para pegarle a la redonda, «parcharon» el cuadro que enfrentó a otro argentino, formado por jugadores de las divisiones inferiores de River Plate. Y como siempre, la «mala suerte» que acompaña a los chilenos en estos casos, ellos nos ganaron. El resultado se me perdió con el tiempo, pero parece que fue estrecho.
Después del encuentro nos invitaron a pasar la pena a casa del chileno que hacía de director y nos festejaron con unas sabrosas empanadas a la chilena, que por ser digeridas fuera de Chile, nos parecieron que tenían un extraño sabor a añoranza.
Y luego vino la música y póngale cuecas, mi alma. Un representante nuestro pudo sacar la cara por el resto, que en esa época le pegaban más a los bailes extranjeros que a lo nacional. Igual que ahora. Así somos los chilenos.
Una mañana, más o menos a las 9.00 horas, tenía que venir el bus a buscarnos para realizar una de las tantas visitas que tenía programada el calendario y mientras tanto algunos hacíamos vida social en el hall, otros salían a la puerta del hotel a contemplar el tiempo y observar el cotidiano pasar de los vehículos. Cuando de rrrrreeeepente uno de nuestros compañeros vió salir humo por una de las ventanas del edificio del frente y de inmediato su espíritu bomberil afloró, ya que era y es un militante de la 12º Compañía de Bomberos de Santiago, e hizo sonar su sirena de bolsillo y mientras ésta ululaba, velozmente atravesó la calle, rompió violentamente la cobertura de las hojas de la puerta de la casa y subió al segundo piso donde ubicó el epicentro del siniestro. Como no tenía a mano instrumental y manguera alguna, se puso a zapatear sobre las llamas y tirar agua con una jarra que le iban pasando unos maestros, que fueron los causantes del incendio, hasta que pudo dominar las llamas y apagarlas. Este hecho, desafortunadamente, no quedó inscrito en los anales del Cuerpo de Bomberos de Buenos Aires por ser el autor un voluntario chileno y ellos registran sólo los argentinos. ¡Serán clasistas!
Un viaje que hicimos a Luján, pueblo que está ubicado a 70 Km. de Buenos Aires y es el santuario de la Virgen de Luján, siendo muy visitado por sus devotos, nos demandó todo el día y va hacer siempre recordado por lo que visitamos y por la atención de los lugareños. Empezamos, primero, conociendo su iglesia, que era una enorme edificación de estilo antiguo y que abarcaba casi una cuadra de largo. Había una cantidad grande de recuerdos colgados en las murallas. Eran de diferentes tipos: muletas, camisetas, zapatos, medias, todos estos elementos de fútbol, parecía una paquetería, en agradecimiento por favores concedidos por la Virgen de Luján. Algunos de estos objetos habían sido de propiedad de famosos jugadores argentinos, como acreditaban las leyendas adjuntas.
Después pasamos a visitar el Museo Histórico, que se encontraba ubicado en una manzana entera al lado de la plaza principal del pueblo. Dentro de sus elementos expositivos se podía observar una colección completa de carruajes del tiempo de la colonia española; un avión, que no recuerdo si fue el primero que cruzó la cordillera o el primero que cruzó el río de La Plata. Todo esto exhibido en un parque enorme y hermoso que estaba dentro de la casona del museo. Por el alrededor de este parque se encontraban diversas dependencias que contenían cuadros, muebles, libros y una cantidad de objetos de diversa índole que los antepasados argentinos usaron en su diario vivir. Daba para observar, por lo menos, unos dos días.
Cuando llegó la hora del almuerzo se buscó un lugar bien característico del pueblo. Una casa de típico corte campesino. Un comedor muy amplio, donde había mesas para atender al público. No tenía el famoso mostrador de los licores, ni la cocina estaba cerca del comedor. Su atención de comida eran las pastas y comida campesina. Si hasta nos sirvieron una empanada argentina ante la sugerencia si las conocían. Esta consistía en pino dulce y masa de hoja. La comida, además de abundante y exquisita, fue muy barata. Salimos «pochitos».
Por cosas del destino, nos tocó representar a nuestro país en una ceremonia oficial de corte gubernamental. Fue la inauguración del aeropuerto Ezeiza, el más grande de Buenos Aires. Ese día nos llegaron a buscar bastante temprano al hotel. Era un día que amenazaba lluvia y nos cambiaron el bus oficial por un bus que los argentinos llamaban «bañadera», pues éste consistía en que no tenía techo, ni ventanales laterales. Era muy parecido a una tina de baño. En el trayecto nos llovió, así que el chofer tuvo que parar y colocar la lona para protegernos del agua.
Llegados al aeropuerto nos hicieron pasar a la losa y al lado de la bandera chilena nos formamos, cual militares fogueados. La banda militar, que oficiaba la ceremonia, empezó a tocar el himno patrio argentino cuando llegaron las autoridades y después el himno patrio chileno, que lo cantamos con toda la fuerza que tuvimos. El ritmo de la ceremonia siguió su curso. Vinieron los discursos respectivos y las gracias por nuestra presencia.
Ya de vuelta al hotel, después de una de las visitas realizadas, el amigo conductor del bus nos informó que para el día siguiente estábamos invitados a una ceremonia especial en que se le rendi-ría honores fúnebres a una tripulación de un buque de la Armada argentina que fue protagonista de un suceso muy trágico.
Así que al día siguiente nos llevó a un sector de Buenos Aires que bordea el río de La Plata llamado Arenales, para ser partícipe del acto con que la Armada argentina recordó uno de los episodios más dolorosos que había sufrido, acaecido solamente unas diez semanas antes.
Con bandera chilena portada por un compañero nuestro y desfilando gallardamente, fuimos honrados con ser los representantes de Chile que presentaban sus condolencias a los hermanos argentinos que en esos momentos estaban sufriendo el dolor y la pena que les invadía sus corazo-nes por sus compatriotas fallecidos.
La pérdida del Rastreador Fournier fue un verdadero duelo nacional y en su memoria y en la de sus tripulantes se efectuaron actos oficiales y privados, entre ellos el lanzamiento de ofrendas flo-rales en las aguas del río de La Plata en la esperanza de que llegaran a los lejanos canales fueguinos.
Para mayor comprensión de lo que sucedió, transcribo muy condensado, un extracto de lo publicado en la página web de Internet:
“En el año 1949, las relaciones entre Chile y Argentina se mantenían dentro de lo que era considerado normal en esos años, es decir, dentro de una fría formalidad. En esa época la zona austral de nuestro país era frecuentemente incursionada por naves de guerra argentina en los canales fueguinos chilenos, para llegar a Ushuaia.
’’El Patrullero Lautaro, buque de la Armada chilena que era el encargado del reabastecimiento de faros del estrecho de Magallanes, al llegar a su base en Punta Arenas, después de su recorrido habitual, recibió la orden de zarpar de inmediato a la zona de donde venía, pues la Armada argentina estaba pidiendo ayuda para ubicar al buque Rastreador Fournier, del cual no se tenía noticia alguna desde el día 22 de septiembre.
’’Las innumerables operaciones de rastreo marítimo y aéreo por parte de Chile y Argentina que se realizaron para encontrarlo, llegó a resultados concluyentes de que había naufragado y que toda su tripulación había muerto.
’’Finalmente, el 4 de octubre de 1949, la prensa argentina anunciaba en sus páginas el infortunado naufragio acaecido al Rastreador Fournier en Punta de Cono y de la desaparición de 79 personas’’.
El programa de visita tenía programado una asistencia a un encuentro ecuestre que se efectuaría el fin de semana en la cancha de polo. Jugarían Argentina contra Estados Unidos por el campeonato oficial de polo mundial. Recuerdo que era un día domingo y el sol pegaba de frente con arriba de 36º a la sombra. El recinto era circunscrito por un entarimado de tribunas de maderas, sin resguardo contra el sol. Un público bullicioso y multidisciplinario repletaba las graderías. A poco de empezar el encuentro, el estar sentado bajo ese sol que quemaba, no era muy agradable. Sudábamos la gota gorda. Así que del encuentro vivimos muy poco, ya que nos fuimos a proteger debajo de las graderías y a tomar coca colas como loco. Del resultado no supimos, pero parece que ganaron los argentinos por el griterío y los cánticos del público.
Los días habían corrido muy rápidos y no habíamos sentido el pasar de dos semanas repletas de compromisos. El cuerpo sentía el ajetreó a que estuvo expuesto y ya no dábamos más. Cuando nos dijeron que la vuelta a Chile había llegado, sentimos un alivio tremendo y también un poco de pena por lo que habíamos vivido, porque el momento se vive y disfruta una sola vez en la vida.
Yo me despedí de mis compañeros, pues pasaría a Uruguay, invitado por una familia conocida en Chile, así que lo último que supe de la vuelta a mi país de mis compañeros Octavio Aldea Vallejos, Roberto Arenas Contreras, Roberto Berenguela Berenguela, Mario Cerda Gutiérrez, Hernán Corona Arancibia, Gastón Chávez Flores, Mario Leni Pérez, Alejandro Medina Cruces, Nils Navarro Morales, Alfredo Seidelman Kress y Osvaldo Trigo Trigo (están colocados por orden de lista del libro de clases)* era que habían llegado a Chile sin novedad.
Sergio Droguett Espinoza
PD.- Este relato fue escrito el 12 de octubre del 2011, a 62 años de antigüedad, para que sirva a las generaciones de alumnos presentes de la Escuela Nacional de Artes Gráficas como un precedente de que con unidad, tenacidad, sacrificio y buenas ideas, se puede realizar inolvidables giras de estudios.
(*) Hasta la fecha de esta publicación han fallecido los siguientes compañeros: Roberto Berenguela B., Mario Cerda G., Hernán Corona A., Alejandro Medina C. y Alfredo Seidelman K. (Q. E. P. D.)






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